La opinión: Orgullo vallecano
Un mar en calma alterado por aquellos que confunden navegar con pertenecer al mar. El Rayo es Vallecas y Vallecas es su gente.
Las turbulentas aguas en las que vive sumido el conjunto de la franja agravan la situación de un club en el que los encontronazos entre dirigencia y afición continúan viviendo sus días más grises. El barrio sujeta con firmeza el timón, con el orgullo del que conoce su historia, su identidad y un sentido de pertenencia al que no está dispuesto a renunciar. Porque el honor de barrio es innegociable.

Un escudo que va más allá del sentimiento y el amor por unos colores. Un equipo que navega por su gente, por un Vallecas que no está dispuesto a claudicar. El barrio volvió a teñirse de robjiblanco tras más de dos meses de ausencia. Una sequía, una travesía por el desierto en la que la presidencia enterró a la franja.
El exilio en Leganés hizo que Vallecas elevase la voz. ‘Basta ya’. La simbiosis afición-jugadores, sumado a un estadio cuyas paredes mantienen intacta la historia del club y orgullo de barrio, verbalizan con gritos silenciosos el sentimiento de la comunidad vallecana. Una demanda colectiva, una petición bañada con lágrimas y sueños; el del ver al Rayo en su Vallecas.
Separar al Rayo de quienes lo hacen único, de su gente, es arrancar el corazón latente de un fútbol diferente, de un equipo que trasciende de lo deportivo a lo social.
Un elenco anclado en su barrio y cuyo destino parece marcado en una clara hoja de ruta. Luchar por lo que es suyo, por seguir haciendo de la franja un referente contra la tiranía. De las ‘cenizas’ de su estadio, el Rayo resurgirá con más fuerza.
Y es que como reza su ‘himno’ de adopción, ‘la vida pirata, la vida mejor’.
Anuar Gómez.
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